ÁLVARO G. SANTILLÁN, «VARO»


Tengo 32 años y no alcanzo a recordar cuando empecé a pescar. Lo que sí recuerdo fue la primera vez que sujeté una caña de mosca por primera vez: tenía 10 años y ese momento cambió para siempre mi vida.

Es difícil explicar por qué hago lo que hago. Simplemente está en mi. Nació en mi. Al principio era solo un niño que jugaba a cazar ranas o pescar pececillos y cangrejos con un retel o una botella de plástico. Poco después el retel se transformó en caña y pasaba los días de verano persiguiendo muiles, anguilas, barbos y alguna trucha despistada por las orillas del Asón.

Creo que fue en ese momento cuando descubrí realmente la fuerza que movía mi pasión. Soñaba con la visión de una trucha, esa trucha, mi trucha, engullendo mi saltamontes. Al día siguiente esa era mi obsesión, tenía que conseguir hacerlo realidad, verlo esta vez con mis propios ojos. Creo que ahí, en el regato de detrás de casa de mi abuela, fue donde nació el pescador a vista, mi gran obsesión desde entonces.

Soñaba, y eso la mente de un niño es una espiral imparable. Cuando los hacía realidad, cuando por fin conseguía capturar con mi mirada aquello que mi imaginación había pintado en sueños, me daba cuenta de que aquello, la realidad, era aún más bella. Y creo que fue ahí cuando nació el artista. Tenia que compartir con el mundo la belleza de nuestros ríos, la belleza de la pesca a mosca.

Más de veinte años después de aquellas peripecias, la pesca a mosca sigue siendo el camino por el que transcurre mi vida, o más bien el río por el que navego. La deriva es lenta, pero las vistas son buenas y cada pozo es mejor que el anterior. He tenido la gran suerte de hacer de mi pasión mi profesión y viajar, trabajar y pescar en multitud de países. Por el camino he cumplido gran parte de esos sueños de mi niñez, siempre con un objetivo: compartir la belleza de la pesca a mosca.

Nos vemos por los ríos.


«Captura el momento, suelta el pez»

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