FABIO PURROY

«Hablaba con mi tío, tras una jornada de pesca en el río Irati, sobre la percepción del mundo natural, de cómo dicha visión ha variado drásticamente con las nuevas generaciones y lo extraño que resulta describir el papel del pescador a mosca en tiempos inundados por la celeridad de una sociedad moderna.

Supongo que solo los que hemos crecido en los ríos podemos llegar a entenderlo. En mi caso, fueron mis padres quienes me abrieron la puerta de la vida al aire libre, teniendo la suerte de vivir entre rincones de Navarra y Huesca. Entonces, la naturaleza era algo mucho más introspectivo, donde mi única fuente de inspiración eran los documentales de la televisión y algún que otro libro. Tenía que usar la imaginación, guardando un misticismo que obligaba a perseguir la aventura en cada una de mis salidas al campo.

La pesca se presentó como una gran herramienta para ello. Así, con 4 años de edad, conocí a mi primera trucha mediante caña y bolla en las partes altas del río Ara. Más tarde pasé a pescar con cucharilla junto a mi padre en los grandes embalses del valle de Tena y, finalmente, terminé aficionándome a la pesca con mosca por influencia de mis tíos.

Desde una modalidad u otra, mi sentimiento por la pesca no ha hecho más que aumentar. Sin embargo, hoy miro alrededor con cierto pesar. Cada vez más, cuesta encontrar sensibilidades parecidas entre la gente joven, distraída por la tecnología, las redes sociales y la demanda de experiencias fugaces.

Como ya he comentado, el papel del pescador es difícil de definir cuando la naturaleza es interpretada como un gran escaparate en el que la paciencia y la contemplación pierden su espacio. Por ello, en los últimos años he descubierto que mi misión desde la pesca ha de ser la de reconexión; devolver a las personas una mayor apreciación sobre los espacios naturales y que, con el tiempo, puedan ser protegidos.»

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