DIEGO QUINTELA

Las preciadas “miñocas”en el estiércol acumulado para las vacas de mi abuelo, el autentico nirvana para un crio de 6 años que disfrutaba cuanto segundo tenia en su pequeña aldea en el centro del mapa gallego.
Descubrí la pesca de manos de mi padre, y a mis manos llegaron cañas de cebo, cucharilla, y sus respectivos utensilios, pero, algo llamaba mi atención en aquellas cajas por encima de todo lo demás, aquel corcho con una burbuja plástica y 3 moscas hacia explotar la imaginación, y casi por completo mi cerebro que solo tenia una idea gráfica de lo que era la pesca con un sedal pesado gracias a un libro que, a día de hoy habita mi librería.
Grande fue el paréntesis en mi yo pescador, deportes como el surf o el ciclismo me mantuvieron en conexión con los espacios abiertos y con el mero hecho de estar presente, esa “presencia” que, con la pesca como vehículo sigo persiguiendo cada vez que siento un mango de corcho en mi mano, cada vez que apunto con mi cámara para inmortalizar ese segundo de esta maravillosa experiencia que es la pesca con mosca.

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